La agenda

Foto de Ann H en Pexels

De repente una voz estentórea surge de su garganta como cada mañana que no encuentra su agenda de tapas forradas de terciopelo rojo, donde atesora todos los nombres y teléfonos que le han acompañado durante gran parte de su vida.
Ese monoideismo de los amaneceres de no saber dónde está el inicio o final de nada, sabe que lo encontrará entre las letras y los números de las hojas donde residen los nombres de todos los personajes coprotagonistas de su vida. La necesita como una planta el agua para crear ese aquí y ahora que tiene que simular en muchas ocasiones ante el mundo al olvidar lo real, solo debe buscar una hoja cualquiera un punto para iniciar y pensar, un punto donde tejer un hoy desde un ayer aunque sea inventado para anhelar un futuro, posiblemente no se acordará de todo ello por culpa de algo que los médicos le habían comunicado, también posiblemente se mostrará convencido del trenzado de «este ahora y aquí» para intentar evitar la furia que le produce el olvido y le dejen tranquilo.
Anoche antes de tomar el medio diazepan que le ayuda a dormir y le calma los extraños pensamientos de la penumbra, sitúa la agenda estratégicamente en un lugar fácil de visualizar intentando memorizar su ubicación para evitar estar otra vez contrariado enrabiado descolocado al despertar.
Aturdido sigue mirando al rededor los bultos de la habitación intentando distinguir, dentro del desorden habitual entre sus pertenencias, las peculiaridades de la libreta: la tripa amarilleada por los años y el humo del tabaco, el lomo arrugado por el uso o las tapas rígidas con la tela roja tensa en cuya contraportada se encuentran los teléfonos de las personas «mas próximas» esas que muchas ocasiones le resultaban «sospechosos habituales» hasta que descubre quienes son cuando le visitan después de dos o tres preguntas que los delaten, ahora desea llamar aquella persona de la que no recuerda el nombre, pero que tenía muy presente, con la que ha hecho muchas cosas que no consigue saber cuáles…
Aquella agenda era la referencia física de su pasado, donde podía descubrir el transcurrir de todas las historias que olvidaba y que necesitaba volver recordar, para tener un inicio y un final real o supuesto día a día, ese librejo con sus hojas en grupos separadas con pestañas en orden alfabético, escritas en orden cronológico, con diferentes tonos de azul en tinta a lo largo de los años, con rectificaciones y añadidos de los teléfonos móviles en ocasiones en diversos colores, con claros tachones de nombres para olvido.
Dentro están nombres que guardan las imágenes, los recuerdos que le hacen llorar o sonreír a solas, las alegrías, los lugares que ha recorrido con aquella persona que quiere y a la que para recordarla necesitaba una inicial una letra o un seguido de letras…
En sus tripas puede encontrarlos nombres de su mujer, sus hijos todos sus familiares, amigos y amigas, compañeros del colegio y del trabajo, novias, enemigos, talleres que le habían reparado un sin fin de aparatos, los conocidos ocasionales, y otros nombres con los que no consigue «tramar» nada…
Necesitaba la agenda para saber donde esta quien es y suponer en muchas ocasiones su propia historia, para salir de la monoidea de buscar y volver a sentir recuperando la satisfacción de pensar.
También de repente, se abre la puerta entra un sospechoso habitual, tiene ganas de…, se calla en alerta, oye que el extraño le dice «buenos días, abuelo», no contesta titubea sin sentido, un escalofrío le recorre todo el cuerpo «¿Qué te pasa abuelo?», «que no encuentro mi agenda con tu teléfono en la contraportada», contesta mientras se le humedecen los ojos, su nieta va hasta la mesilla de noche y elige la libreta que esta encima se la alarga «aquí la tienes ¿con quién quieres hablar…de quien quieres hablar?»

De repente una voz estentórea surge de su garganta como cada mañana que no encuentra su agenda de tapas forradas de terciopelo rojo, donde atesora todos los nombres y teléfonos que le han acompañado durante gran parte de su vida.
Ese monoideismo de los amaneceres de no saber dónde está el inicio o final de nada, sabe que lo encontrará entre las letras y los números de las hojas donde residen los nombres de todos los personajes coprotagonistas de su vida. La necesita como una planta el agua para crear ese aquí y ahora que tiene que simular en muchas ocasiones ante el mundo al olvidar lo real, solo debe buscar una hoja cualquiera un punto para iniciar y pensar, un punto donde tejer un hoy desde un ayer aunque sea inventado para anhelar un futuro, posiblemente no se acordará de todo ello por culpa de algo que los médicos le habían comunicado, también posiblemente se mostrará convencido del trenzado de «este ahora y aquí» para intentar evitar la furia que le produce el olvido y le dejen tranquilo.
Anoche antes de tomar el medio diazepan que le ayuda a dormir y le calma los extraños pensamientos de la penumbra, sitúa la agenda estratégicamente en un lugar fácil de visualizar intentando memorizar su ubicación para evitar estar otra vez contrariado enrabiado descolocado al despertar.
Aturdido sigue mirando al rededor los bultos de la habitación intentando distinguir, dentro del desorden habitual entre sus pertenencias, las peculiaridades de la libreta: la tripa amarilleada por los años y el humo del tabaco, el lomo arrugado por el uso o las tapas rígidas con la tela roja tensa en cuya contraportada se encuentran los teléfonos de las personas «mas próximas» esas que muchas ocasiones le resultaban «sospechosos habituales» hasta que descubre quienes son cuando le visitan después de dos o tres preguntas que los delaten, ahora desea llamar aquella persona de la que no recuerda el nombre, pero que tenía muy presente, con la que ha hecho muchas cosas que no consigue saber cuáles…
Aquella agenda era la referencia física de su pasado, donde podía descubrir el transcurrir de todas las historias que olvidaba y que necesitaba volver recordar, para tener un inicio y un final real o supuesto día a día, ese librejo con sus hojas en grupos separadas con pestañas en orden alfabético, escritas en orden cronológico, con diferentes tonos de azul en tinta a lo largo de los años, con rectificaciones y añadidos de los teléfonos móviles en ocasiones en diversos colores, con claros tachones de nombres para olvido.
Dentro están nombres que guardan las imágenes, los recuerdos que le hacen llorar o sonreír a solas, las alegrías, los lugares que ha recorrido con aquella persona que quiere y a la que para recordarla necesitaba una inicial una letra o un seguido de letras…
En sus tripas puede encontrarlos nombres de su mujer, sus hijos todos sus familiares, amigos y amigas, compañeros del colegio y del trabajo, novias, enemigos, talleres que le habían reparado un sin fin de aparatos, los conocidos ocasionales, y otros nombres con los que no consigue «tramar» nada…
Necesitaba la agenda para saber donde esta quien es y suponer en muchas ocasiones su propia historia, para salir de la monoidea de buscar y volver a sentir recuperando la satisfacción de pensar.
También de repente, se abre la puerta entra un sospechoso habitual, tiene ganas de…, se calla en alerta, oye que el extraño le dice «buenos días, abuelo», no contesta titubea sin sentido, un escalofrío le recorre todo el cuerpo «¿Qué te pasa abuelo?», «que no encuentro mi agenda con tu teléfono en la contraportada», contesta mientras se le humedecen los ojos, su nieta va hasta la mesilla de noche y elige la libreta que esta encima se la alarga «aquí la tienes ¿con quién quieres hablar…de quien quieres hablar?» y contrariado respondió con un «No se» que salió de su garganta como un grito contenido entrecortado mientras su rostro mantenía los ojos muy abiertos y los músculos  tensos…

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.